Bienvenidas ovejitas

Hoy, mientras preparaba el café y notaba como el sol atravesaba los cristales de la entrada de mi casa he oído, como cada mañana, las ovejas saliendo del corral…

Entre el grupo de lanudas he podido distinguir cómo balaban algunas más jóvenes. Al asomarme he podido contar hasta 9 recién nacidas y he salido a saludarlas, a ellas y a mis vecinas. En todas las fiestas no he estado en Galicia, y parece que la familia ha crecido. Lo más tierno de todo es que el día que yo cumplía 35 años, casi a la misma hora que yo nací, aparecieron 3 pequeñas, las últimas que han nacido este año. Aquí os dejo con ellas… estoy deseando que llegue el fin de semana y darle un palo a Nanook para que juegue a ser pastor…

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Morning in Morgadans…

Las mañanas empiezan a ser frías, muy frías en la aldea…

…la hierba del jardín se despierta llena de nieve (como dicen aquí)… y cuando el sol aparece el espectáculo comienza…

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Me olvidé de las fabas…

Lo más difícil de tener un huerto no es cuidarlo, es hacerlo cada día y no olvidarse nunca… y reconozco que últimamente se me había ido de la mente…

Hoy ha venido Carmen a traernos un poco de espinacas, fresas y pimientos rojos… hemos salido a ver mi huerto,  y hemos descubierto que habían salido un montón de fabas de diferentes clases. El final de la historia no hace falta que os lo cuente, ¿no?

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Tarde de domingo otoñal

Todos los blogs del mundo se han hecho eco de la llegada del otoño. Unos de forma más romántica, otros metafórica… pero todos nos hemos dado cuenta de que el verano se ha ido definitivamente.

El otro día os anunciaba la llegada del otoño con un post. Lo de esta tarde ya ha sido más que una marca en el calendario. Ha llovido como hacía tiempo no lo hacía, el viento ha agitado los árboles con tanta fuerza que parecían romperse, la electricidad se ha ido durante varias horas y el sol solo ha querido aparecer unos instantes antes de perderse para siempre en el mar… Me he puesto mis botas de agua, mi camisa de cuadros, he cogido un capazo y he salido corriendo a esconderme debajo del joven castaño del jardín, que por primera vez ha decidido regalarnos sus frutos. He vuelto a casa y he metido un puñado en la chimenea recién encendida. Me encantan las tardes de domingo.

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Es hora de recoger…

Desde que vivo en la aldea tengo una necesidad casi obsesiva de documentar todo lo que pasa a mi alrededor….

Tengo la sensación de que se acaba una forma de vida, de que nada de lo que está pasando va a volver a suceder… Ayer, mientras regaba el huerto vi a dos niños con un puñado de ovejas. Los dos jugaban con sus aparatos móviles mientras los animales iban a su aire. Recordé las sabias palabras de Claudio, Ignacio, Juan José… en mi documental “Cuentan los que quedan”, y de eso ya no queda demasiado. Hoy he ido a casa de mis vecinos en su último día de vendimia. He podido captar los últimos racimos, las últimas uvas antes de convertirse en vino, vino de aldea, vino sin etiqueta, vino con olor a madera, a manos, a campo, a historia… y he sido feliz, una vez más, de poderlo ver, no como un forastero que pasa sino como un vecino y un nuevo gallego.

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Primeros tomates de la temporada

Llevo semanas esperando este momento, semanas mimando las plantas, dándoles de beber a diario para combatir el calor…

… y por fin puedo coger los primeros tomates del huerto…

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Fresas de Carmen para Nanook

Hoy Nanook ha recibido un regalo de Carmen, nuestra entrañable vecina. Un plato precioso de fresas. Sus fresas. Porque Carmen, siempre que trae algo, es de su huerto. Y siempre que es para Nanook está seleccionado con todo el amor del mundo.

Le he preguntado a Carmen si mi pequeño podía comer fresas y su respuesta ha sido “Sí, claro, a los niños les puedes dar de todo”. A partir de ahí hemos mantenido una conversación que me ha hecho reflexionar un poco. En la aldea daban leche de vaca pura a sus hijos desde el primer mes de vida. De lo que comían los padres, comían los bebés, ya fuera lenguado, pollo, conejo, judías, cebollas, ajos… todo machacado con el tenedor, que no había tiempo para milongas! Por un lado he pensado que los tiempos han cambiado, que la ciencia ha descubierto cosas como los problemas con el gluten, las alergias… y hemos avanzado, pero por otro lado he pensado en mis vecinos de 70 años, cargando día tras día cientos de kilos de leña, cavando zanjas en sus huertas, dando de comer a las cabras y trepando a los árboles para cortar las ramas estropeadas. Están sanos, y han ido al médico menos veces en su vida que las que he ido yo en el último año. Me pregunto, ¿no nos estaremos pasando?

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Atardecer de San Juan

Cuando tenía 14 años monté mi primer grupo de pop. Cantábamos en catalán porque nuestros referentes cantaban en mi segunda lengua y estábamos en plena explosión de lo que más tarde se llamó “Rock Català”. Recuerdo una de nuestras letras, que escribió mi vecino y compañero de banda Oscar Ruiz, y que se convirtió en la canción del verano del 91 entre nuestros amigos.

La nit de Sant Joan, milers de fogueres al teu voltant, si no ho pots entendre no tinguis pressa, la nit és màgia i t’ho ensenyarà.

La canción hablaba de la noche de San Juan, esa noche tan especial que estés donde estés siempre es mágica. Ahora que han pasado tantos años y he dado tantas vueltas, me gusta recordarla, y recordar aquellas hogueras en el barrio quemando trastos viejos, maderas que recopilábamos durante semanas…Os dejo con una foto del atardecer que estoy viviendo ahora, en esta tarde especial que se acaba y que me recuerda que al otro lado del mar está mi casa, mi Mediterráneo, mi infancia.

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El curro de Morgadans

En Morgadans hay caballos que pastan de forma totalmente libre por los montes. Una vez al año sus propietarios los reúnen para desparasitarlos, identificar y marcar a los potros y contabilizar las pérdidas del invierno.

Es sábado por la noche. Subo a los montes que rodean mi casa para conocer un poco los detalles de la gran fiesta popular de mañana: “El Curro de Morgadans“. Este es un gran evento etnográfico del que se cuenta tiene orígenes ancestrales. Decenas de personas galopan con sus caballos, otros beben licor café y algunos descansan durmiendo con mantas entre los árboles. Hoy ha sido una larga jornada. Durante horas, los ganaderos han buscado el centenar de caballos que habitan los montes y los han reunido en un vallado en el alto del monte. Es el único día del año que los equinos dormirán encerrados.

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Es domingo. El bebé me ha despertado un poco antes de lo habitual, así que he aprovechado para subir a las montañas antes de lo previsto y disfrutar del amanecer de uno de los días más largos del año. Al llegar a los montes de Morgadans los primeros rayos de sol se filtraban entre los eucaliptos. He subido andando en silencio, abrigado del frío de la mañana. En el camino, grupos de vacas pastaban en el valle con vistas al Atlántico. Al fondo, las islas Estelas de Baiona y las Cíes de Vigo. Quisiera ser animal y habitar este lugar.

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He llegado demasiado pronto al lugar de la cita de los mozos. Extiendo mi camisa en la hierba e intento recuperar el tiempo de sueño que me falta. El sol me golpea la cara a pesar de  ser pronto. El viento puro y helado de montaña me refresca. El viento me hace soñar en la libertad. 100620_curro morgadans_043.jpg

Una vez reagrupadas las manadas junto a la puerta del cierre se abren las vallas y las decenas de voluntarios que se han sumado empiezan a llevar a los caballos monte abajo, hacia el curro, hacia los cientos de espectadores. Durante algo más de una hora recorremos el camino. Momentos de tensión y griterío son los protagonista de la bajada. Algunas yeguas quieren huir entre los huecos que se crean en la gran cadena humana.

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Cada vez más gente forma este cordón. Nos acercamos al curro. El polvo casi no me deja ver. El calor cada vez es más fuerte. El olor a sudor y tierra se pegan a mi ropa. Casi sin darme cuenta los caballos están metidos en el curro. Allí, aún queda el duro y peligroso trabajo de separar a los potros. Además de evitar que sean aplastados por los adultos, servirá para marcarlos e identificarlos. Los propietarios los distinguen por las marcas en la cara y las patas. Hay momentos en los que el hombre debe luchar literalmente contra los animales para poderlos inmovilizar. El forastero puede creer que hay algo de salvaje en esta práctica. Es pura supervivencia. Es pura historia. Auténtica tradición.

El cansancio hace que no me quede más tiempo en estos montes festivos. En esta ocasión no veré como graban a fuego las marcas de cada uno de los propietarios a los lomos de los animales. No veré tampoco la lucha por cortar las crines. Tendré ocasión de volver

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Niñas de porcelana

Mientras caminaba por las playas de Baiona intentando capturar unos veloces caballos se me han aparecido 4 aldeanas de otros tiempos…

La luz suave de un día encapotado no puede ser más perfecta para retratar las pieles suaves de unas niñas de porcelana. Ellas, sabiendo que estaban lindísimas en el día de hoy no han dudado en lanzarme unas tímidas sonrisas en el momento de escuchar el click.100307_arribada baiona_055.jpg