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Bern, Klee, escenarios y puntualidad
Ya estoy en Suiza, país de las postales navideñas. Nada mas cruzar la frontera una manta blanca entre valles con chimeneas bulliciosas me recibe mientras el termómetro baja precipitadamente.
Hoy me he subido a un escenario, pero no un escenario cualquiera, hoy he acompañado a una soprano y una mezzosoprano en su actuación ante el selecto público del Zentrum Paul Klee. En ese espacio minimal, rodeados de cientos de cuadros, pinturas, fotografías y recuerdos de uno de los más grandes pintores del siglo pasado, un piano hacía vibrar notas, mientras dos jóvenes voces se acercaban a mi, me tomaban de la mano y me subían al escenario para cortejarme. Una experiencia inolvidable. Bern me tiene encantado. Sí, lo siento! Aunque penséis que mi cabeza es un caos y soy todo desorden, en el fondo me gustan las cosas bien hechas y colocadas en su sitio. Y los suizos tienen eso y mucho más. Este país te da la bienvenida de forma peculiar. Nada más cruzar la frontera una señora te pide 30 euros por un pase anual para las autopistas, después de ponerte la pegatina te da una moneda de 5 francos, unos 3 euros y te dice “bienvenido a suiza, con esto se podrán tomar 2 cafés”. Esto es entrar por la puerta grande!

Como, Montorfano, Ainaras y Mozart
La primera vez que vi a Ainara en directo me sorprendió lo intimo de su música. En un local donde apenas nos habíamos reunido treinta personas, a pesar de la calidad de la intérprete, me alegré al comprobar como en nuestro país podía encontrar una voz y un estilo que nada tenía que envidiar a otras muchas cantantes folkies-country-rockeras, o como quiera uno etiquetarlas, que desde hacia algún tiempo me habían conquistado.
No me gusta mirar atrás, pero esta vez vuelvo a Italia para ver a la amiga Ainara en concierto. La espero 4 días en Montorfano, un pequeño pueblo cercano a Como, una ciudad encantadora al lado de un lago. Aprovechamos para descansar un poco, ahora se empieza a notar el peso del viaje, y la horrible sensación de estar volviendo a casa.

Tolmin, Vrsno, niebla y paz
Descubrir nuevos países donde vivir.
Visitar a una vieja amiga. Conocer a una nueva pareja. Visitar el nacimiento del río más bonito que uno pueda imaginar, el Soca. Grabar el sonido de las campanas en lo alto de una montaña. Fotografiar ciervos. Introducirte en decenas de cuevas que fueron búnkers en la Primera Guerra Mundial. Caminar durante horas por un bosque. Ver cementerios de antiguas batallas. Andar entre las nubes. Estar por debajo de Oº grados. Recibir regalos. Comer en un buen restaurante. Hacer de canguro. Coger un buen tronco para hacer un Didjeridoo artesanal. Leer “Bodas de sangre” de Lorca del tirón, una noche de insomnio. Ver películas de Truffaut. Descubrir cientos de nuevos artistas folkies. Soñar con futuros documentales y cosas que contar.
Ljubjlana, estudiantes, navidad y salchichas
Al final, después de visitar tantos países, pueblos y ciudades, uno aprende a distinguir los tamaños y calidad de los lugares.
Se puede medir por la cantidad de concesionarios de coches que hay y sus dimensiones; por las gasolineras y sus surtidores; por las señales de tráfico y los anuncios de hoteles; la cantidad de carriles que hay para entrar y el tráfico en hora punta; el tamaño de la tienda Vodafone… y Ljubljana parece grande y recuperada de las miserias de hace una década. Hace dos años, cuando pasé por aquí tenían su propia moneda, ahora están estrenando el euro y adaptándose a él como nosotros hace unos años.
Hace frío, el termómetro marca diez bajo cero, o lo que es lo mismo “un frío que pela”. La búsqueda del taller para la caldera estropeada es desquiciante. En la dirección que marca la garantía, donde se supone que nos están esperando, aparece un viejo taller cerrado. No parece un lugar de autocaravanas. Es un pequeño lugar donde reparan aires acondicionados. Insisto en dar golpes en la puerta pero no aparece nadie. De lo más profundo del bar de al lado sale una señora que me dice que pase a su localcito. Y allí, al fondo del tugurio, un señor con un mono de mecánico está bebiendo copas con sus colegas a las 12 de la mañana. Me dice que está advertido de mi problema desde la central alemana, pero que vaya a otro sitio. Lo agradezco, en parte. Al final, después de dedicar todo el día e insistir mucho, en la otra punta de la ciudad un mecánico me desmonta entera la calefacción y la repara. La supuesta razón de la avería es la mala calidad del gas albanés. Dudoso, como su taller. Desde la salida de Tarifa no he dado un solo paseo nocturno por una ciudad, y aunque me tira más lo rural, a veces un poco de cosmopolitismo apetece. Ljubljana, a parte de ser impronunciable, es una ciudad que alberga más de 35.000 estudiantes. Parece que de golpe ha venido la Navidad. Decenas de puestecitos con adornos navideños y comida tradicional invaden el centro, iluminado de forma suficientemente creativa como para no parecer hortera. Me pierdo por las calles, como productos tradicionales, y me doy por vencido a las diez. Al llegar a casa, el calor de la pequeña estancia que hace de comedor-cocina-sala de estar-despacho-habitación… me alegra. La caldera funciona y la noche será perfecta.
Albania y Montenegro
Estoy en la frontera griega con Macedonia.
Hay un error en mi carta verde internacional. Tengo que hacer una falsa traducción de la letra pequeña para que me dejen pasar. Cien metros después cuatro tipos me paran y me miran la cara. Revisan mi carnet y por la expresión de sus rostros les debo parecer turco. Me abren la barrera, respiro tranquilo y cien metros más adelante unos policías macedonios me detienen. Me registran la autocaravana enterita. Uno de los agentes me dice que si soy del Madrid, le digo que no, así que me dice: “oh, del Barça, el superbarça!”. Le veo tan entusiasmado que le digo que sí, que del Barça sí. Me empieza a decir todos los jugadores del gran club y no me suena ninguno, yo me quedé en la época de Zubizarreta… El tipo me dice que le regale una camiseta de mi equipo pero le digo que no he traído, así que me pide algo de pasta para comprar unas bebidas. Se conforma con un par de euros que se esconde rápido en su chaqueta, no sea que le vean los superiores. Salgo de allí sin problemas y con 4 euros menos.

La carretera cambia, estoy en un puerto de montaña, llueve, es de noche, hay baches, agujeros, trozos sin asfalto. ¡Cómo puede ser que una sola línea imaginaria en el suelo, unas cruces en un mapa, un par de barreras y unos polis futbolistas y cerveceros marquen tantas diferencias!
El viaje por Macedonia dura poco, casi menos que cruzar su frontera con Albania. No hay cola, ya es bastante tarde, pero los papeleos y los pagos de euros inventados se hacen eternos. Cuando nos vamos a ir pregunto al último agente que me revisa si Albania es seguro y me contesta en inglés: “Claro que es seguro! ¿donde te crees que estás? Esto es Albania!”
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La carretera se complica en los últimos pueblos de Albania. Creo haberme perdido pero no lo puedo saber, el GPS no funciona aquí y los mapas no tienen la mitad de carreteras ni pueblos. La velocidad desde hace rato no supera los 30km/h en un carretera recta. Hay baches, alcantarillas sin tapa, maderas, piedras, perros cruzando, señoras con troncos, señores paseando vacas, chavales con rebaños de pavos… todo lo imaginable se cruza en el camino.
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Cuando parece que ha terminado la pesadilla, empiezan los problemas en la autocaravana. La calefacción se ha roto. Hace 2 grados bajo cero por la noche y mi casita está helada. Tampoco va el agua caliente, así que me tengo que duchar con ollas de agua templada en la cocina. A la hora de desayunar, la leche está cortada. Para colmo la auto sigue teniendo el panel de control averiado, la alarma sigue sin funcionar y el motor está inundado de agua. Señor, soy consciente de la suerte que tengo de ser de donde procedo, pero ¿no me podía haber administrado las desgracias un poquito?
El Peloponeso con lluvia se hace más corto
Conducir en Marruecos es una locura porque no hay leyes y cada uno va por donde quiere; en Madagascar es peligroso porque las carreteras están fatal y los autos son viejos, pero en Grecia es una lucha constante por la supervivencia.
Me ha costado un poco entender el concepto, pero a la que te pitan tres o cuatro veces, te hacen luces en 25 ocasiones y te ves estampado en la cuneta 18 más, lo pillas. La cuestión es que el país tiene 4 autopistas, el resto son carreteras nacionales y la gran mayoría, comarcales. En las carreteras de un solo carril por cada sentido hay una ley no escrita que dice que debes ir por la cuneta para que los rápidos puedan ir por el carril normal, y los lanzados puedan adelantar saltándose la línea continua, las isletas y lo que haga falta. Lo más divertido de todo es ver dobles adelantamientos en ambos sentidos, cuando se juntan 4 coches en el espacio justo a velocidades de vértigo. Y es que en otros países donde la conducción también es temeraria, los vehículos son viejos y no alcanzan las velocidades de aquí.
Ayer me dediqué a contar accidentes en la carretera y me salió una media de 1 cada 200 metros. El sistema de contabilidad es fácil, aquí colocan en las cunetas donde ha perecido un familiar una pequeña capillita del tamaño de una casa de muñecas. El objeto es un poco kitsch, pero a ellos les debe consolar. Colocan una foto en el interior, flores, velas que milagrosamente casi siempre están encendidas y unos botecitos con aceite de oliva. Con curiosidad creciente busco en la guía, por si pone algo sobre el sistema de conducción griego y no me sorprendo al leer que éste es el país con más muertos en la carretera de Europa, 2000 al año, y eso que tiene una población de sólo 11 millones de habitantes.
Así que con todo esto aprendido bajo hacia el Peloponeso, la parte sur de Grecia, donde se supone que reina la tranquilidad absoluta (fuera del asfalto, claro). Mi primera parada es Amfilochia, un pequeño pueblo en el curioso Golfo de Amvrakikós, que tiene una estrecha entrada de agua de mar pero parece más un lago que otra cosa. La autocaravana se detiene en un pequeño puerto con unos 10 barquitos de pesca, a tan solo un metro del agua. Se pueden oír las diminutas olas romper pero el sonido de la lluvia puede más. El amanecer es espectacular, con las nubes bajas empezando a deslizarse por las montañas hasta al mar, en busca del frío. Mientras las tostadas van desapareciendo del plato y una suite para cello de Bach suena poderosa en los altavoces, las nubes acaban oscureciendo las aguas tranquilas y un barco diminuto aparece en el mar. Un señor mayor intenta con esfuerzo sacar su barca al mar así que no lo dudo y le ayudo calándome hasta los tobillos… pero cuando quiero congelar el momento con la cámara ya es demasiado tarde… el hombre está lejos y no obtengo el retrato que quiero. Me conformo con una de esas “fotos testimoniales” que decía mi primo Juan.
Saltándome parte del guión, porque la lluvia no me deja hacer casi nada, aparezco en la antigua ciudad de Olympia. En el parking de las ruinas, paso 4 horas viendo como la lluvia golpea cada vez más fuerte y tomando decisiones. Con el mapa de Europa completamente abierto ante cualquier posibilidad de cambio, decido simplemente acortar el Peloponeso y salir hacia Atenas. Cada día llueve más, todo está gris, triste.





































