Desde hace unos meses he decidido recuperar la forma de viajar clásica. Aquella que puede parecernos obvia pero para muchos ya no lo es: la de abrir el mapa, trazar la ruta, y dejarse llevar por las señales en la carretera… y la intuición.
Durante varios años me he dejado llevar por los nuevos gadgets que nos marcan las rutas bajo criterios basados en ceros y unos. Estos artilugios, que además, nos dicen la hora a la que vamos a llegar me parecen cada vez más aburridos, poco espontáneos y nada educativos. He estado haciendo la ruta Galicia-Catalunya-Galicia sin saber ubicar a Zamora en el mapa, sin saber si Burgos estaba antes o después de León, si la nacional daba más vuelta que la autovía, y si Soria quedaba demasiado lejos de mi trazado como para desviarme a visitar la Laguna Negra.
Lo peor de estos artilugios, es además, que no te permiten equivocarte. Y eso es horrible! Si cometes un error te hacen, casi siempre, desandar lo andado y volver a empezar, con la penalización en tiempo de viaje que eso supone.
Cuando nos movemos con el mapa, en cambio, pasan minutos, incluso horas hasta que nos damos cuenta de nuestro error y descubrimos que la Andorra de Teruel no está en la ruta más corta entre el pantano de Mequinenza y Lleida. Lo cual puede ser un desastre, o puede llevarte accidentalmente al bello pueblo de Oliete durante una tormenta de verano.
