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Madagascar #07 (si el paraíso existe es aquí)

El mar ha venido a buscarme para susurrarme al oído que es hora de levantar. Apenas son las 5 de la mañana y la marea ha subido hasta cerca de nuestra cabaña. Entre sueños confundo el agradable suspiro del mar con una tormenta tropical así que despierto rápidamente. Al mirar por la puerta y descubrir que el gran azul se ha acercado hasta nosotros pongo los pies en el suelo para conversar con él y poderle capturar.

No me acostumbro a estas subidas y bajadas del mar pero reconozco que te permite sentir que estas en varios lugares a la vez. Donde ayer paseabas entre rocas, ahora te puedes dar un baño matutino para despertar y darte cuenta que no estás soñando.

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El mar empieza a teñirse de varios colores a medida que sale el sol, y las primeras barcas de pesca izan sus velas hechas a base de restos de tela de saco. Quien llega primero, tiene el mejor pescado.
Abandono el lodge para acercarme al pueblo de Andavadaoka y ver cómo es esta gente. En Madagascar, seguramente igual que en cualquier país, según la zona en la que estés la gente es de un tipo o de otro. Aquí, por suerte, y por las primeras impresiones que percibo en la playa camino de la aldea, la gente no vive del turismo a pesar de ser uno de los destinos conocidos de la isla. Con las dificultades que hay con las carreteras hay que pensárselo muy bien antes de desplazarse hasta aquí.

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Un niño da un paseo por la orilla con su equipo de pesca, me mira de reojo, me sonríe y le enseño la cámara. Le oriento hacia la buena luz solo con un gesto y parece entenderme, como si se tratara de un modelo totalmente preparado para la sesión. Cuando nota que voy a disparar vuelve a abrir los labios para que pueda entrever sus dientes blancos como la arena que pisan sus negros pies. Sigo pensando que las mejores fotos son las que no piden nada a cambio, las que con un solo juego de miradas y un entendimiento mutuo surgen de la nada o como mucho, de un paseo por la playa.
Mi mañana discurre en este pueblo en el que todo el mundo se acerca a mi y me pide una foto. No hay mayor disfrute para un pequeño malgache que le enseñes una foto suya, y el segundo mayor disfrute es que le enseñes la que le has hecho a su amigo. Quedarán riendo hasta que tu te vayas y haciendo burlas el uno al otro.
070928_madagascar_15_andavadaoka tarde_148.jpgMe quedo sin saber lo que dicen, pero entiendo que solo es un juego de niños al notar que me llevo un pedazo de sus vidas en mi maquinita vazah. Son las 8 de la mañana y vuelvo hacia el lodge para probar el desayuno de esta nuestra nueva casa. No es diferente al del resto de días, café, omelette, tostadas de pan de ayer o antes de ayer… y mientras desayuno, noto como el mar empieza a retroceder para que los niños y chicos del pueblo puedan pisar su arena húmeda en busca de restos animales que llevarse a la boca.
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Philip, nuestro chófer, nos habla de un bosque de baobabs cercano. Decidimos acercarnos a aprovechar lo poco que queda de poca luz y preguntarle a alguno de estos árboles si ha visto pasar al principito. En solo 10 minutos de Jeep tenemos gran cantidad de milenarios árboles frente a nosotros y empezamos a preparar la sesión.
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Mi toalla se quedó hace un par de días en Tulear, tomando el sol en la ventana de la habitación de un hotel, así que me estiro directamente en la arena mientras oigo las olas del mar romper con la barrera de coral a varios cientos de metros. Desde donde estoy yo hasta la barrera, el mar es transparente, como si no existiera, y después de la barrera es azul.
070928_madagascar_13_andavadaoka morning_014.jpgLos niños empiezan ya a ocupar toda la playa, cada uno de ellos cargado con una herramienta diferente. Los hay que llevan un solo palo, otros un cubo, algunos un trozo de hilo y otros nada. Me acerco a ellos para ver qué es lo que hacen y descubro una estrella de mar roja y preciosa intentando sobrevivir en lo poco de agua que le queda a su alrededor y uno de los chicos me trae algunas más y me las coloca para que haga una foto. El joven atrezzista me ha fastidiado mi escena natural para crear una de esas portadas de catálogo turístico, pero aún así disparo. Al ver la foto en la pantalla me doy cuenta de la transparencia del agua, parece que no hay, pero realmente había más de un palmo.
Cerca mío hay un señor arreglando el barco y le pido si me deja acercarme a ver lo que hace. La imagen es simpática, el señor arreglando con un instrumento prehistórico que alguna vez he visto en el garaje de mi padre, su barca de pesca y en su camiseta leo las letras casi arrancadas en las que pone: “Titanic, Leonardo di Caprio”. Seguramente algún turista se la haya regalado y el señor no sepa qué es lo que lleva puesto. Es como regalarle a un trapecista indonesio una camiseta de “Aterriza como puedas”.
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Al fondo veo a Toni hablando con un joven pescador con palo pero no me acerco, durante un rato les veo peleando con el mar. Más tarde me entero que la cena que saboreo, en parte surgió de allí. Toni vio un pulpo esconderse bajo la arena y le pide al chico si es capaz de sacarlo. Él, que no acepta retos, coge su palo y empieza a cavar debajo de la arena durante varios minutos. El pulpo ha cavado un pasadizo bajo el mar y no es fácil dar con él. Al final con la astucia del chaval, Toni vuelve al Lodge con la presa entre las manos. Al pulpo, se ha sumado unos cuantos kilos de ostras, que esta noche pediremos que nos preparen los cocineros.
070928_madagascar_15_andavadaoka tarde_045.jpgYa empieza a caer la tarde y decido volver a la habitación. Una madre con su hijo pasean en busca de erizos para comer su interior. La mujer canta una canción tradicional y le pido que la cante para poder registrar el sonido y utilizarlo de fondo en alguna parte del documental que me ha traído hasta aquí. La llevo cerca de la habitación para evitar el jaleo de los niños, pero no se atreve a entrar, así que fuera, en la puerta de mi bungalow canta para mi mientras el sol casi se esconde y el mar se preparar para volver a subir… hasta mañana.
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Madagascar #06 (costa del Mar de Mozambique)

Con una puntualidad europea, el chófer del 4×4 que contratamos ayer en Tulear aparece en Ifaty. Nos despedimos del pueblo donde hemos podido descansar un poco y nos dirigimos hacia Andavadaoka, un pequeño poblado pescador que está a 200 km hacia el norte por la costa.

La carretera acaba en Ifaty, así que para la pequeña distancia que nos queda por delante, el chófer nos advierte que quedan unas 8 horas si todo va bien. Pronto nos damos cuenta porqué hemos invertido algo de dinero en el 4×4. Cruzamos Manguily, y aparece un baobab en la carretera. A pesar de no ser más de las 8 de la mañana Toni está motivado en escalarlo aunque solo sea por la estética que nos ofrece. Estamos solos en medio de una carretera llena de arena y aparece un anciano envuelto en una manta mientras Toni se está preparando para trepar.
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070927_madagascar_11_road to andavadaoka_019.jpgSeguimos el camino empezando a ver de nuevo el mar a nuestro lado, yo pido al chófer que pare cada 5 minutos para grabar el azul del mar y mis compañeros de viaje me dicen que afloje el ritmo que si no, no llegamos.

Así que decido subir a la parte de arriba del vehículo y buscar una buena posición. A medida que pasan los kilometros voy encontrando mejor postura, hasta llegar a estirarme. La carretera cada vez está peor, alterna piedras con dunas y la velocidad es muy lenta.
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El calor aprieta cada vez más y la arena se está poniendo blanda así que el coche da la sensación de estar flotando.
Pido parar una vez como mínimo en un pueblecito para hacer unas buenas tomas para el documental. Allí, de forma improvisada se nos ocurre dejar leer a un grupo de chavales un fragmento del libro que tenemos en un papel y preguntarles si lo conocen. Nos dicen que no han visto nunca un pequeño príncipe pero parece que les ha caído bien.
Alrededor del grupo que ha formado Toni y su libro mágico hay todo un universo. Una mamá cerdo y su cerdito corretean por la arena de playa comiendo los restos que han dejado sus dueños; unos chicos juegan en la playa y se acercan corriendo a verme; dos chicas jóvenes quieren posar para mí y cuando ven la cámara sienten la suficiente vergüenza como para lanzar una de las mejores sonrisas que he visto estos días. Sus caras pintadas de naranja son una mezcla de juego estético y protección solar.
Vamos haciendo paradas técnicas para que el coche descanse y siempre que podemos aprovechamos para subir a los árboles y hacer fotos. Ya tenemos todo un vocabulario para describir las texturas de los baobabs. Toni y Leire encuentran similitudes tan grandes entre la roca y este ser vivo que hablan de fisuras, grietas, techos, desplomes, presas invertidas, chorreras… para referirse a las formas de la corteza.
Realmente las posibilidades que ofrece el árbol es increíble. La parte inferior de su tronco suele estar bastante dañado. Su capacidad para almacenar agua para las épocas de sequía es extraordinaria. He leído que algunos baobabs llegan a almacenas 120.000 litros de agua y cuando no queda agua para los animales los pastores los llevan a comerse su corteza hasta encontrar su agua. Además, su fruto está cotizado por los malgaches por todas sus posibilidades así que les clavan unos palos para convertirlos en escalera y subir a lo más alto con una técnica muy diferente a la que hemos desarrollado estos días.
Seguimos el camino y Philipe, el chófer, nos avisa de que a lo lejos hay una duna gigante, tan grande como una montaña. Me vienen a la cabeza mil posibilidades para utilizarla en el documental, pero no me dejan parar. Tenemos que llegar antes de que caiga el sol a Andavadaoka. No se puede circular por las dunas de noche y sería peligroso por los ataques que hay.
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Los dioses se han puesto de mi parte y mientras me decían que no nos íbamos a detener, el coche empieza a hacer eses por una duna sin restos de ninguna huella. Hemos perdido el camino y nos quedamos enterrados. Pasamos un rato haciendo maniobras y cavando con las palas con la intención de salir de ahí de la manera menos dramática. Siempre queda el recurso de esperar algún camión o alquilar unos cuantos zebús para estirar, pero este país tiene una virtud, y es que aunque creas que estás en el lugar más remoto y perdido del mundo, por todas partes aparece gente cuando la necesitas, así que en breve aparece un grupo de pescadores dispuestos a coger la pala y poner unas ramas en nuestras ruedas. Cada vez llega más gente, niños, mujeres… y entre todos conseguimos sacara el coche de ahí. Ahora, dos jóvenes nos llevan entre el bosque hasta encontrar el camino que habíamos perdido. Me giro para dar las gracias al pueblo y me encuentro con una de las postales más emocionantes que he visto estos días. Un pueblo entero diciendo adiós a unos vazah que durante un rato han estado desesperados. Disparo una sola foto, pero todo está en armonía. Es la foto.

Acercamos a una zona un poco habitada y vemos que están construyendo una especie de Camping. Philip nos explica que van a hacer un campeonato de barcos de vela populares dentro de unos días y ese es un lugar oficial de descanso para regatistas locales. En el bar hay un 4×4 aparcado. El primero que vemos en 5 horas de camino en este sitio, para mi, el más perdido del planeta donde he estado. Entramos y 3 hombres blancos nos saludan como a unos desconocidos hasta que ven a Toni dos veces y le preguntan en francés: “¿Tú eres Toni Arbonès?”. Yo me quedo un poco de piedra pues me parece un poco cómico, pero a veces el azar y los juegos de probabilidad son así. Le han visto en algunos de los vídeos que ha hecho sobre montaña y le recuerdan perfectamente. Antes de que nos sirvan la comida que hemos pedido nuestro chófer se da cuenta que también tiene una conexión con Toni. Su hija y yerno le conocen desde hace más de 20 años, incluso Toni ha sido compañero de cordada. Así que ahí estamos 8 europeos en un pueblecito de Madagascar y tenemos muchos lazos en común, así que la comida a base de calamar y arroz queda en familia.
Poco a poco y 10 horas después de haber salido llegamos al pueblo de Andavadaoka. La gente es simpática, hace días que no ven a ningún vazah y nuestra llegada es un acontecimiento. El lugar aparentemente es turístico, pero solo hay dos chicas americanas en la zona.
Esa playa es paradisíaca y las cabañas donde nos vamos a alojartienen cantidad de colores. Hemos llegado justo a la puesta del sol y la escena de bienvenida nos anuncia que mañana será un día de descanso perfecto.
Las dos chicas americanas parecen simpáticas y vienen a hablar con nosotros. Nos explican su misión. Son de un grupo de voluntarios que tiene que llegar esta noche y que van a estar 6 semanas investigando como ayudar a este poblado a arreglar sus problemas con las aguas residuales. Ahora mismo la tradición es hacer las necesidades básicas en la playa, así que la blancura de su arena a veces se ve contaminada por restos humanos. Por suerte, la marea sube y baja hasta más de 1000 metros y hace una limpieza diaria.
La cena a base de “fish” se ve retrasada por un pequeño problema. El grupo de 20 chicas americanas e inglesas que falta por llegar ha tenido un incidente con el camión a 20 kilometros de su destino y un monitor aparecido de la nada pide ayuda a Philip. El fantástico plan es que nuestro chófer vaya a buscar a los voluntarios investigadores y los vaya trayendo. Mientras se discute el tema yo empiezo a hacer cálculos y me doy cuenta que esos 20 kilometros suponen 1 hora de viaje o más ya que ahora está oscuro. Eso multiplicado por el número de viajes mas los trastos que traen para 6 semanas hace que la cosa se complique. Así que en Madagascar, en un sitio precioso aparece el Álvaro más egoísta del mundo y le dice a nuestro chófer que no vaya a buscar a nadie. Enumero las razones para que tampoco me juzgue nadie:
- es peligros circular por la noche por una carretera de dunas.
- el pobre señor francés lleva 10 horas conduciendo y el coche ha sufrido un poco.
- qué mejor comienzo para las chicas en su aventura en Madagascar que empezar con una noche durmiendo a la intemperie.
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Así que cuando sale la luna, estamos casi solos en la “Coco Beach” y doy gracias por que las cosas estén saliendo tan bien como hasta ahora.
Antes de ir a dormir me fijo en las normas de la casa para que toda mi logística audiovisual no se vea afectada.
La electricidad solo va en un horario reducido y hay que optimizarla. El agua solo va por la tarde. Las comidas son sencillas, hay lo que se pesca ese día. Pero el sol funciona 14 horas a todo gas y para un día de descanso es suficiente.
Me escondo en la mosquitera mientras he repartido por varios bungalows los cargadores de cámaras y ordenador. La mañana aquí empezará a las 5 y hay que descansar. Los problemas se afrontan mejor si uno a descansado.

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Madagascar #05 (Ifaty y los primeros baobabs)

Si ayer la mañana empezó precipitada, hoy la podríamos calificar de descompensada. Todo ha empezado con unos golpes en la puerta a las 5.30. Mi primera idea es que algunos mangos o papayas golpeaban el techo de la habitación de nuevo, pero la voz de Leire diciendo que “ya” eran las 5.30 me ha hecho decidirme por poner rápidamente los pies en el suelo y apretar el REC.

Salir de la red antimosquitos me ha costado un poco más que ayer y es que creo que esta zona costera tiene unas temperaturas diferentes a la ciudad y me he tapado bastante, así que las mantas se han hecho un pequeño lío con la mosquitera. Para que nos situemos, aquí está acabando el invierno y a pesar de que nos podamos bañar en las playas e ir en camiseta, por la noche refresca.Piso la calle con la cámara preparada y el sol empezando a saludar, así que busco la mejor posición para plantar el trípode por primera vez desde que emprendí el viaje. La gente en esta ciudad con pinta de pueblo es agradable, nada que ver con la capital. Todos me saludan con “Vazah”, que es “Hombre blanco turista” o algo parecido, sonríen, te hablan, pero sin intención de venderte nada. Los taxistas pasan a mi lado sin ofrecer sus servicios. Aquí saben que si les necesito levantaré la mano y tendré 28 ofreciendo el mejor precio. Así que con una primera impresión más que buena miro por todos los rincones para situarme. Ayer llegamos sin luz y no me había hecho a la idea de como es esta ciudad.

070926_madagascar_08_ifaty_000.jpgLas calles están sin asfaltar y son de arena de playa llenas de agujeros, pero eso no impide que los primeros carritos vayan de arriba a abajo buscando clientes a toda velocidad. El otro día leímos en el periódico que el campeón de los juegos de las islas del océano Índico es portador de Pousse Pousse y entrena unos 30 o 40 km al ida llevando gente. No sé por donde sale el sol, así que tengo que ponerme en un cruce de caminos para situarme. Los primeros rayos apuntan a un señor en bicicleta y aprovecho que la cámara de vídeo está en el trípode para alternar con fotografías.

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Entre disparo y disparo aparece Leire, a la que había perdido hace un rato y me invita a desayunar en un puestecito donde ya la conocen. Aquí, decir que conoces a alguien es que te llame “my friend”, con eso es suficiente. Así que vamos hacía allí. Por el camino me doy cuenta de que el pueblo-ciudad es realmente espectacular. Las casas no tienen más de una planta y se extienden en kilometros de distancia, así que el tráfico es importante en las calles a pesar del aparente aspecto a rural que tiene. Cuando digo tráfico, en Tulear, me refiero a cruce de bicicletas con gallinas, militares en carrito, señoras con ladrillos en la cabeza…
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El desayuno es en un puesto que hace esquina y no hay mucho para escoger. La pinta no es mala aunque no quiero imaginar qué normativas de higiene han debido pasar para estar ahí. Así que después de aceptar una taza de café metálica reciclada y una cucharilla lavada en agua marrón me doy cuenta que si tengo que pillar la malaria o cualquier cosa peor ese es el lugar perfecto. Se me pasa la tontería cuando el sabor de un buen café se filtra en mi boca y saboreo unas pastas parecidas a los buñuelos. Después de pagar y hacer una foto a la señora partimos hacia un mercado para comprar una piña que nos acompañará todo el día.
Los mercados aquí son grises, no tienen la vida que tienen en Europa y lo que puedes comprar parece que hace días perdió su fecha de caducidad, pero es todo lo que puedes comprar aquí. Veo llegar unos carros con carne y los “chofer” los bajan con delicadeza y velocidad para aparentar que el contacto con la ciudad es el mínimo, así que chavales de 15 años llevan un carnero entero en la cabeza a una velocidad de vértigo. Directamente se cuelga en una pinza y ya está a la venta.
Toni se ha despertado un poco más tarde que nosotros así que vamos a desayunar de nuevo los 3 juntos a “La Terraza”, un bar europeo donde hacen desayunos de Omelette, zumos, café y tostadas.
Allí, en el bar negociamos con un francés el viaje de mañana en 4×4 para subir hacia el norte por la costa. Hoy, por suerte, el dueño de este bar nos llevará gratis hasta nuestro destino, I
faty, para pasar el día en un lugar paradisíaco y con bastantes baobabs. Allí, nos han dicho, quizás encontremos al principito.

Antes de salir pido un momento de Internet para poder resolver dudas sobre unos rodajes de videoclip que tengo a la vuelta, así que dejamos a Leire en el bar mientras Toni y yo vamos a buscar algo parecido a un Cyber. Aparentemente no es difícil, pero en este pueblo lo que te venden como oro no lo es, así que lo que parecía un cyber no funciona, ni tan solo han visto un mac en su vida, así que se extrañan al ver mi ordenador y me dicen que de eso no tienen. Seguimos buscando por algunas calles hasta encontrar un sitio bastante moderno y que tiene una velocidad de módem a 56kbps compartido entre 8 usuarios. Eso, para los nacidos después del 83 y que no vivisteis los primeros años de Internet, quiere decir que para subir 1Mb necesitas algo así como 10 minutos. El precio, por suerte, es equivalente a la velocidad y por menos de 1 euro hemos estado una hora, la necesaria para bajar cuatro mails y actualizar el blog.
Con tanta tardanza cybernética, nuestro chofer gratuito se ha ido y Leire está negociando con unos malgaches la tarifa hasta la costa. El camino no es fácil y eso tiene un precio. Las carreteras de Madagascar son malas, muy malas. Lo equivalente a la N-340, que tendría que ser la carretera nacional, tiene tramos horribles, sin asfaltar y llenos de curvas; a partir de ahí son carreteras catalogadas de “transitables”; otras de camino de piedras y las que no existen en los mapas. La que vamos a coger nosotros sale solo un trocito dibujado en el mapa oficial, y está catalogada como las de camino de piedras, así que el Renault 4L rojo que veo al más llegar de nuevo al bar no me convence nada de nada después de haber visto el 4×4 del hombre blanco propietario del bar. El chófer tiene unos 6 ayudantes que colocan todos los trastos en el maletero y repartido por los asientos. Yo aún no había visto todos los trastos de Leire junto a los de Toni, y eso es mucho. A las maletas de la ropa se añaden bolsas con material de escalada, el colchón para boulder y cantidad de trastos, que se añaden a mi bolsa, trípodes… así que creo que meternos los 3 en el 4L con el chofer y hacer los kilometros por la carretera que nos espera no va a ser muy cómodo. Cuando hemos conseguido colocar todo en el coche y estoy a punto de subir me doy cuenta que al chofer se le ha añadido un ayudante copiloto, así que miro a Toni mientras nos reímos pensando que eso no va a ser así. Le digo al conductor que yo tengo que ir delante ya que mis compañeros no caben atrás y si me meto yo, solo falta que me decida por comprar un par de gallinas antes de salir.
Así que después de que el copi se baje del auto, nos acercamos a la gasolinera de turno a poner el fuel justo y necesario para llegar a nuestro destino. Si no llega, siempre quedará la botellita de agua con fuel para rellenar. La entrada en la gasolinera me hace dudar sobre la capacidad de conducción de nuestro elegido. Yo que aprendí a conducir en un 2CV con un sistema de marchas parecido, me doy cuenta de que el tipo tiene la chuleta con las marcha del revés y arranca en segunda, pasa primera, salta a cuarta directamente y se le cala. Esto sumado a que no tiene freno de mano y tiene que dejar una marcha puesta convierte el principio del viaje en una atracción de feria. Por suerte aún es pronto gracias al madrugón, así que tenemos humor para aguantar casi cualquier cosa.
Cruzar la ciudad entera nos demuestra lo enorme que es. A medida que nos alejamos del centro empiezan a aparecer más y más casas de paja con gente más y más pobre, todo esto hasta llegar a un control militar. Escondo rápidamente mi material para que no me hagan pagar un impuesto recién sacado de la manga y después de 3 minutos de charla entre el chófer y el señor soldado reemprendemos nuestra marcha arrancando milagrosamente en segunda por la arena.
El camino se hace cada vez más duro y el polvo de los camiones que van pasando dificulta la visibilidad. Nuestro conductor novato con aspecto de avanzado decide pasar por el lateral esquivando milagrosamente a cada peatón que se dirige hacia muy bien no sabes dónde en esta carretera infinita de polvo y arena.
En un momento de pequeña rampa el coche empieza a resbalar hasta el punto de que se detiene. Leire y Toni salen fuera para empujar, yo me quedo dentro y conseguimos avanzar unos metros, los justos para quedarnos en subida, atrapados otra vez en la arena y con un carro de zebús viniendo de cara a toda velocidad. Nos esquivan gracias al milagro del joven conductor de animales y respiro casi tranquilo en el asiento delantero. Mientras nuestro chófer sale fuera para levantar el capó y empezar a tocar piezas que no sabe qué son, le digo a Toni que conduzca él, siempre será mejor y más seguro.

070927_madagascar_10_ifaty_033.jpgEl señor chófer acepta con una sonrisa de desespero y a la vez aceptación de que está haciendo el ridículo. Toni saca el vehículo de ahí con facilidad en primera y por un segundo me siento flotar en la arena, hasta que 200 metros más alante suena: PUM, en el motor. Quizás ha sigo algo más tipo “GRRRRRPUM”. La cuestión es que Toni se ha metido debajo del auto ya ha dado el diagnóstico que menos esperaba: rotura del la transmisión. La conoce perfectamente porque le ha pasado en Marruecos ya hace algún tiempo. Estos coches sufren mucho y algún día les tiene que pasar. Y tenía que ser hoy que íbamos nosotros alegremente a la costa.

Mientras ellos miran el motor yo aprovecho para hacer una foto a unos chavales que se han acercado a mirar porque nuestra nave espacial se ha estropeado. A lo lejos oigo un pito fuerte y aparece un camión enorme con “Superman” escrito bien grande en su parte delantera.
Galopamos a través de carreteras inhumanas a bordo de una maquina prehistórica, por suerte tan solo un puñado de pasajeros comparten con nosotros el viaje, así que podemos tratar de estabilizarnos de la mejor manera. El camino es bastante divertido y quiero pensar que será lo peor que voy a vivir en África, pero quién sabe, las sorpresas las tienen preparadas por todas partes.
Grabar o hacer fotos desde encima del camión es casi imposible, aunque yo lo intento, el resultado lo conozco, uno de esos vídeos que tan solo puedes ver tú para reírte solo cuando vuelves a casa.
Uno de los pasajeros es un chico joven que nos hace de profesor improvisado en un cursillo de algo más de una hora montado en una especie de “Dragon Khan” de última generación. Cuando ya casi estábamos empezando a conjugar el pretérito pluscuamperfecto en malgache el camión para de golpe. Nos hemos pasado el cruce al Lodge que nos han recomendado en Tulear. Así que bajamos, pagamos lo que toca y empezamos a caminar cargados con todo el material. No tarda en aparecer un voluntario a hacer de porteador de bultos, así que se reparte con Leire sus bolsas, mochilas, cuerdas y souvenirs.
Decido quedarme atrás, andando lentamente para hacer algunos planos de Toni andando por la nada. Siento la soledad más grande del mundo en esa especie de desierto de arena de playa mezclada con arbustos. Caminamos unos 4 kilometros hasta el primer de nuestros paraísos. El bungalow que nos ofrecen está a unos 20 metros del mar y tiene casi todo lo que puedas necesitar. Hay dos camas y somos 3, así que preparo un fragmento de suelo que esta noche será mi pequeña cuna.

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Antes de abrir la bolsa de la ropa y poner a cargar baterías ya tenemos un grupo de pescadores en la puerta buscando a Leire. Ella ya había pasado por allí hace unos días y prometió volver. Les pedimos “fish” para comer y se van corriendo a buscarlo. Prepararán sus mejores arpones y desliarán las redes para ofrecer el mejor fruto del mar que puedan. Así son aquí, quizás a diferencia de Marruecos y otros lugares tengo la sensación de que no te quieren liar, quieren darte realmente lo mejor de lo poco que tienen.
Nos separamos en 3, Toni va a mojarse un poco los pies, Leire a buscar a su amigo rastafari y yo me quedo tirado en una hamaca escuchando algunas notas musicales en el Ipod que me pide una recarga rápida.
En breve aparece el fan incondicional de Bob Marley, vestido con su camiseta y un collar con la bandera de Jamaica, para avisarnos de que la comida está casi preparada. Andamos con un grupo de gente del pueblo hasta las casas. Es un pueblo pescador como casi todos los de la zona, así que si nosotros tenemos un teléfono y un coche como mínimo por vivienda, ellos tienen una barca y un arpón.
El restaurante no nos lo recomienda Ferran Adrià en sus mediáticas apariciones, ni tampoco lo ha saboreado Woody Allen en su discreta pasada por Barcelona, pero tiene pinta de ser uno de los mejores de la zona. Tiene una decoración bastante minimal y multicultural a la vez, cosa que está muy de moda, así que nos encanta. Cuando llegamos tan solo hay una sombra, así que el padre de la familia y uno de los más fuertes del poblado nos saca una mesa, allí estará nuestro restaurante. Un par de chavales sacan las sillas y la señora borda la escena con un mantel tan limpio que parece imposible. El servicio es de bastante calidad, creo que la última vez que vi tantos camareros fue en “La Masia” en l’Ametlla del Vallès en la época en que jugué a ser feliz en un pareado piscinero y teleplásmico.
Así que unos 8 o 10 camareros están a nuestra disposición para cualquier cosa que necesitemos. El chef me invita a entrar en su cocina para ver que todo va según lo previsto, 4 fishes para 3 personas y un poco de verduras. Los pinches están pelando zanahorias y algunos tomates en la cocina adjunta y la señora del chef prepara algo de arroz.
En brevesminutos africanos, unos 50 o más, la comida llega a la mesa perfectamente servida. Entonces llega el momento de máximo respeto, los invitados vamos a comer, y las 20 personas que contemplan la escena quedan sentados en silencio a la sombra a esperar a que acabemos. El pescado está rico y se nota que ni tan solo ha pasado por la Lonja de Cambrils, ha llegado directo del mar, ha recorrido 25 metros, ha pasado solo por dos manos y ha ido limpio al plato. La comida pues no nos ha fallado, pero eso sí, siguiendo con la moda minimal culinaria me quedo con un poco de hambre y no me atrevo a pedir una crema catalana.
Preguntamos a nuestros cocineros dónde podemos encontrar a Christophe, nuestro guía de baobabs y el más experto de la zona. Ellos nos dicen que está muy ocupado con un grupo de 20 turistas así que se ofrecen a llevarnos a verlos. Quedamos en media hora, la justa para lavarme los dientes y sentarme 30 segundos en la esterilla.
 carro con dos zebú está preparado para meternos en el interior del bosque, en busca de baobabs. No parece que tenga que ser muy cómodo pero después del 4L y el camión yo creo que no debe ser muy malo. Hay sitio justo para los 3, la mochila de la cámara y un guía. El joven chófer de zebús va delante, bastante preocupado para que la pobre bestia que va a la izquierda avance. Tiene pinta de ser un zebú viejo y no tiene ganas de hacer más viajes con vazahs. Nada más salir del pueblo aparece Christophe, el guía que nosotros habíamos solicitado. Reconoce a Leire y nos dice que nos había estado esperando.

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Le comentamos que nos han dicho nuestros nuevos guías que tenía un grupo de 20 turistas y yo no tardo en darme cuenta de que aquí el que no corre, vuela. Los malgaches empiezan a discutir entre ellos, porque han mentido para podernos llevar en zebú. Al final, el guía “mentiroso” baja del carro y acepta que Christophe suba para ser nuestro guía multiidiomático.
El camino dura algo más de una hora entre bosques de espinas y un árbol hermano del baobab del que construyen las balsas. El viaje es una mezcla de sentimientos, por una parte la incertidumbre de los baobabs y su magia y por la otra, el sufrimiento que siento al ver como el conductor de carros con zebú le está clavando un pincho que lleva en la mano en la espalda para que vaya más rápido. Toni y yo nos miramos y nos decimos que algo no va bien.
La espalda del pobre animal está en carne viva y cada vez se tuerce más, a pesar de ello llegamos a nuestro destino y a mi me entran ganas de volver andando. Ahora, toca caminar un rato para empezar a ver el árbol que buscábamos.
De los 8 tipos de baobabs que hay en el mundo, 6 son endémicos de Madagascar, y 3 tipos están a nuestro alrededor. Los queremos ver todos así que nuestro guía tendrá que moverse por este laberinto de árboles de espinas para cumplir nuestros deseos.
El primer baobab que aparece es uno triple de una altura considerable. De una de sus grandes ramas cuelga una liana. Toni, que ha venido parte del viaje imaginando con poder trepar por uno de ellos se da cuenta que su corteza es totalmente plana y resbaladiza, así que prueba suerte con la técnica de Tarzan.
Poco a poco vamos avanzando por el bosque y vamos viendo gran variedad hasta encontrar el que tiene parecer ser nuestra víctima. Toni va a probar aplicar las técnicas de la roca a la corteza de un árbol, así que solo con sus manos y pies acariciará su textura para poder subir hasta lo más alto, sin usar cuerda, ni seguros, ni nada que pueda dañarle. Después de un par de pegues, consigue llegar a esa cima rodeada de ramas de unos 6 metros de altura. En lo alto, un solo fruto que ha quedado huérfano de padre es arrancado para viajar hasta casa. Será el regalo para su hermano por ser, quizás el gran culpable de este viaje.
Después de disfrutar subiendo a algunos de ellos y comprobar sus similitudes con la montaña, abandonamos los baobab para volver al poblado. Allí lucharemos por conseguir una langosta a cualquier precio local, no más de 4 euros en el peor de los casos.
Llegamos justo cuando el sol empieza a esconderse en el mar, eso es cerca de las 18.30. A medida que vamos entrando en el pueblo todo va empezando a ser cada vez más irreal y perfecto. Decenas de niños felices corriendo a nuestro alrededor; señoras recogiendo la mesa que hace de mercado local; señores volviendo a casa después de la jornada de pesca… y todos ellos tienen una sonrisa para nosotros. Seguramente ellos piensen de mí lo mismo que pienso yo cuando veo llegar a los guiris en sus jeeps de Port Aventura para visitar Siurana.
Antes de que el sol haga el amor con el mar y acabe perdido hasta el día siguiente en el fondo del océano, una luna casi llena aparece al otro lado, justo en el lugar que acabamos de abandonar, donde los baobabs descansan por el resto de los siglos. Alguno de los que hemos escalado tienen más de 3000 años, y seguramente acabe antes la vida del planeta que su muerte por proceso natural.
Una vez llego a la cabaña decido no ir a comer Langosta, ni pescado, ni ningún fruto del mar en el pueblo de al lado. Realmente debo reconocer que al final uno se cansa un poco de estar negociando cualquier paso que da a base de Ariaris (la moneda de aquí). Necesito ir al pequeño restaurante que hay a 100 metros y pedir un plato con arroz y meterme en la cama.
A Leire y a Toni les han engañado para ir en barco de vela hasta el pueblo de al lado a la supuesta discoteca. Yo decido seguir con mi tradición de chico-no-marchoso (no por ello aburrido) y quedarme revisando fotos y haciendo copias de seguridad hasta que me entre el sueño o un mosquito terrible me pique.
Los momentos de antes de ir a dormir son todo un proceso. Después de las tareas básicas de lavar dientes y demás viene tomar la pastilla para la malaria, que he decidido hacerlo por las noches para no notar tanto sus efectos secundarios; untarse entero de Relec anti mosquitos; encender la espiral antimosquitos, y poner la red antimosquitos, aquí todo es antimosquitos aunque aún no he visto muchos.
Me tumbo a dormir en la soledad de la noche con algo de música para relajarme y antes de que me de cuenta llega Toni. Ha tomado algo en la disco, que no era más que un grupo de gente y un radiocassete a pilas y ha vuelto corriendo por la playa a la luz de la luna. Seguir durmiendo no es fácil una vez te has despertado, teniendo en cuenta que aquí solo son las 10 de la noche. Las pilas del Ipod se han acabado así que tengo que recurrir a contar zebús. Un zebú, dos zebús, tres zebús…
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Madagascar #04 (llegada a Tulear)

La mañana ha empezado un poco precipitada para mi. A pesar de haber dormido 10 horas creo que no me he recuperado del todo del viaje, pero Toni tiene la energía de siempre y ya hace unas horas que está despierto.

Golpea la puerta de mi habitación y el ruido se mezcla con algunas notas largas sintéticas en mis oídos. Ayer me quedé dormido con Brian Eno y el Ipod ha seguido sonando durante 10 horas. Esta ciudad está llena de perros que se comunican entre ellos de barrio en barrio quizás para comentar si han comido o no ese día.
Toni no me deja tiempo ni para mi ducha más que necesaria matutina, así que me visto rápido y me lavo la cara. El desayuno tiene una presencia europea pero un sabor malgache. El pan aquí está inflado con aire, quizás para que aparente ser una clásica barra de cuarto pero crees estar comiendo un BocaBit. Aún así, la mantequilla y la miel convierten ese pedazo de comida en un manjar.
Hemos tomado un taxi 2CV que nos ha llevado a la Universidad del país, una especie de Campus Universitario enorme y lleno de jóvenes autóctonos. Nos han mirado por allí por donde hemos pasado. Quizás aparentábamos ser los primeros Erasmus de la historia de Madagasacar, una especie de Noruego y Marroquí a punto de matricularse en Ciencias Humanas. Pero no era así, ninguno de ellos se podía imaginar que buscábamos un libro que seguramente desconocían.
Hemos ido hasta allí porque supuestamente, el traductor de la edición malgache es profesor de la facultad de letras, aunque las pautas que tenemos son pocas así que tenemos que ir centro por centro preguntando por el profesor. Nadie le conoce y nos van enviando de un sitio a otro.
No podéis imaginar la suerte que tenemos con nuestras universidades, y lo caprichosos que somos, alumnos y profesores con las necesidades que requerimos para la docencia. Allí, las salas de profesores son, en algunos casos, pequeñas barracas adjuntas a la facultad, y en el mejor de los casos un cuartucho sin luz ni medios.
Ni un solo ordenador en secretaria, ni un solo rastro de tecnología en las aulas. Tiza, papel, lápiz y una pizca de sabiduría es lo único que corre por las aulas. Eso si, gente feliz, jóvenes contentos, sonrientes y seguramente orgullosos de hacer lo que están haciendo.
Por fin damos con la facultad de letras y el departamento adecuado. El profesor tiene un nombre de pila y un nombre como Doctor universitario. Nosotros le buscábamos por el nombre de pila y nadie le conocía así. Una mujer encantadora nos ha dicho que el profesor está en su casa y que nos puede dar la dirección.
Su simpatía va creciendo por momentos, hasta el punto que nos acerca a la puerta de la facultad y ella misma hace la gestión de llamar por teléfono. Os contaré como funciona la telefonía en este país porque es bien curiosa. La calle está llena de puestecitos con una cajita de madera y un teléfono encima. Es una especie de terminal de las de toda la vida pero con una antena como el más moderno router wi-fi. No hay ningún cable ni conexión aparente así que desconozco su funcionamiento real. Al principio llegué a pensar que era gente que vendía teléfonos en la calle. Lo más curioso de todo es que los telefonistas suelen ser dos, uno a cada lado del terminal y ellos te marcan, tú hablas y te cronometran. Después te dicen el importe, que no suele ser mucho. De esta manera los ciudadanos de Antananarivo no tienen teléfono móvil pero están siempre conectados. Si eres dueño de uno de estos puestecitos puedes colocarte donde quieras porque es transportable.
Así que la señora ha marcado el número y ha empezado ella la conversación. Le ha tratado, como mínimo de honorable doctor y nos ha pasado el teléfono. Toni le ha dicho que somos los chicos que buscan el libro, ya que hace poco le mandamos un mail para que supiera que le íbamos a molestar.
La cara de Toni me ha dicho que las cosas iban bien y el profesor nos iba a recibir en su chalet, así que la secretaria ha hecho un gesto a uno de los porteros de la facultad y este nos ha dicho que nos acompañaba hasta su casa.
Toni me ha explicado que en estos países no hay recursos, ni máquinas, pero mano de obra no falta, así que si el portero de la facultad nos acompaña durante media hora a casa del profesor, otro hará de portero.
Efectivamente, recursos no hay y el camino hacia la ciudad de los profesores nos lo demuestra. Mujeres, niños y algún padre transportan piedras enormes de un lugar hasta otro donde se está construyendo una especie de acera. Ni una sola excavadora, ni un solo tractor, ni una grúa. Los procesos son totalmente manuales e ilógicos.
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Una señora golpea piedras las unas con las otras para hacer gravilla. Por no tener no tienen ni martillos así que la piedra más fuerte, rompe en pedazos la más débil hasta conseguir una especie de piedras que harán de grava. A su lado una señora coloca dos piedras sobre su cabeza para llevarlas cien metros más abajo, donde un grupo de hombres cavan una zanja de unos dos metros de profundidad por donde tiene que pasar la fibra óptica. Alguna ayuda internacional ha regalado esta tecnología al país, pero irónicamente no tienen la básica para colocarla, así que a base de pico y pala construyen un agujero kilométrico que servirá para conectar diferentes puntos de la ciudad con esta tecnología. Y es que aquí no hay prisa, así que cuando esté acabado el proyecto, a los europeos, la fibra óptica nos parecerá lenta para la transmisión de datos y para ellos será más que suficiente para tirar unas cuantas décadas más.
La casa del profesor es un chalet totalmente francés, con su garaje, jardín y cualquier lujo de un banquero parisino. Nos recibe amablemente y nos hace entrar en su casa. Allí, la madre está enseñando matemáticas a dos de sus hijos, que hacen cuentas en un papel.
Hablamos con él un buen rato y se interesa por nuestra estancia allí. Le mostramos nuestro recorrido de ayer en busca del ejemplar y nos felicita por la investigación. Cree que estamos mejor preparados que él para la búsqueda y nos dice que estamos haciendo algo imposible. Tan solo él tiene un solo ejemplar. Quedamos totalmente extrañados con lo que nos cuenta pues es bien extraño que el propio traductor del libro no posea un ejemplar para su biblioteca.
El doctor nos explica la manera en la que se lanzó al proyecto y lo poco que entiendo de francés me permite emocionarme unos segundos. Os contaré un poquito la historia, pero solo un poquito porque si no os estaré avanzando lo que contará el documental.
El doctor dio con el libro en francés y le llamó la atención, lo leyó y le pareció una filosofía fantástica para compartirla con su pueblo, así que decidió lanzarse a la traducción al malgache. Su intuición le dijo que si se ponía a hacer una traducción literal de la obra quizás se perderían cosas por el camino o los jóvenes no entenderían nada así que pidió a su hijo pequeño que lo leyera. Cuando el chico lo acabó, el padre se sentó a su lado y le dijo, ahora cuéntamelo entero con todos los detalles que recuerdes. De esta manera el profesor pudo coger las ideas y frases de su hijo y hacer que la traducción fuese lo más cercana posible a los malgaches de la calle y no de las facultades.
De su casa salimos con la promesa de que le enviaremos una copia del documental y partimos hacia el editor. Ayer con la secretaria quedamos que pasaríamos sobre las 11de la mañana.
Vamos bien de tiempo, así que nos permitimos caminar un poco antes de coger el taxi. El ritmo frenético de ayer le ha pedido a mi cuerpo que hoy vayamos más despacio para poder filmar con un poco más de cuidado.
Llegamos a la puerta del editor y nos abre la misma chica de ayer. Nos dice que va a avisar al padre Nicolas, el jefe. Toni me dice a lo bajini: “Con la iglesia hemos topado”, así que cuando aparece el padre y me doy cuenta que es más francés que la Torre Eiffel me doy cuenta que quien mueve las fichas en este país es el hombre blanco.
El padre parece un poco fanfarrón y nos trata como españolitos despistados. Cuando ve nuestro real interés en un ejemplar de su libro nos dice que no quedan. Que se hicieron pocos y que él tiene uno. Le insinuamos comprarlo y nos dice que ni soñarlo, que ese es su libro. Yo le digo a Toni que como mínimo nos lo traiga para poder filmarlo así que él padre acepta y desaparece por unos instantes. Mientras, la secretaria, que ha estado escuchando todo el rato nos dice flojito que una amiga suya tiene un ejemplar que ella le regaló y que podríamos hablar con ella. Que pasemos a la 13 y sabrá algo.
Aparece el representante de Dios en la tierra, y del poder en Madagascar con el libro bajo el brazo. Orgulloso de su obra lo abre y empieza a pasar páginas. Toni le saca una edición en aranés que su hermano ha editado. Yo desconocía que teníamos ese as en la manga, pero aún así, el padre no acepta intercambios. Toni le explica que el aranés es un dialecto del catalán, que es del Pirineo… y a ese señor le da igual todo.
Hablamos con él un rato para que nos cuente cosas sobre el libro y, como mínimo, nos demuestra que conoce perfectamente la historia.
Salimos de allí con la certeza de que eso será lo más cerca que hayamos estado de nuestro objetivo y que ahora nos quedan 9 días para disfrutar del país y buscar el pequeño príncipe en otra dimensión.
Así que decidimos que viajar a Tulear, para la que ya hemos comprado billetes de avión, es la mejor opción. Quien sabe, quizás, de nuevo, se le ha estropeado la nave al pequeño y está ahí, esperando, y esta vez no se encuentra con un rey, ni un cazador, ni un zorro, se encuentra con dos jóvenes que le andan buscando.
La comida en el restaurante es una pequeña celebración de despedida. El propietario es un viejo espeleólogo francés que lleva más de 25 años en la isla y conoce bien el mundo de los escaladores, parapentistas y montañeros en general. Sus cocineros nos preparan una bandeja de langostinos con especias y unas verduras exquisitas.
El viaje al aeropuerto es más cómodo de lo normal ya que nos llevan desde el hotel con un Toyota 4×4 última generación de la isla. Eso quiere decir que es de los de hace 10 años en Europa. Debo decir que hoy he visto una publicidad de Ford Fiesta.
El camino al aeropuerto ha sido un poco diferente que ayer, en que todo me sorprendía demasiado. Ahora, quizás después de haber visitado los peores barrios de la ciudad mi cabeza se relaja de pensamientos y sacar conclusiones. Aún así disparo algunas fotos desde el coche con el teleobjetivo nuevo. En una de las paradas que hace el coche por culpa del tráfico intento hacer una foto a un señor dormido en su carrito, y ha aparecido una imagen de las pocas que te sientes realmente orgulloso. Una de esas texturas, juegos de formas y colores, que ni con el mejor de los programas informáticos podrías crear. Quizás por haber estado más dedicado al vídeo, la fotografía ha quedado desheredada de mis caprichos, así que una buena imagen es agradecida (ya lo sé, me lo digo yo todo, pero no tengo a nadie aquí para que opine).
En el aeropuerto hemos tomado algo con el propietario del hotel que nos ha acompañado y un escalador amigo de Toni que vive en la Isla Reunión hace 8 años y que formaba parte de esa élite que ha estado intentando encadenar la pared más difícil del mundo sin éxito. Su sobrecarga de peso con el material de escalada le ha costado 1100 euros, una escalofriante cifra para un viaje a la isla de al lado.
El avión no tiene mala pinta para ser de la compañía interna del país. Aeropuertos en el mapa hay varios, pero algunos tienen un solo vuelo al mes y cualquier avión, para ir de una ciudad a otra pasa siempre, y digo siempre por la capital. Imaginad tener que ir de Zaragoza a Barcelona en avión pasando por Madrid. Aquí funciona así en el mejor de los casos. Nosotros nos hemos dado cuenta de que tuvimos suerte ayer al encontrar billete a Tulear y que la señora no mintió cuando dijo que solo quedaban 2 plazas. El vuelo ha durado unas 3 horas y ha sido un poco castigador durante un rato de nubes. El frágil avión ha tenido que competir con algunas nubes y tormentas que por momentos hacían que las hélices y alas fueran totalmente invisibles a nuestros ojos. El drama no estaba en el exterior, sino en las caras de los 4 jubilados ingleses que había a nuestro alrededor. Uno de ellos, con el Sonotone en la oreja, creo que lo ha desactivado para como mínimo no oír lo que pasaba.

El aterrizaje ha sido rápido y suave para lo que me temía. He dado gracias de que todo haya ido tan bien pues las palmeras del aeropuerto, si se le puede llamar a un trozo de carretera asfaltado con una pequeña edificación-aeropuerto, se movían con el viento duro que soplaba.
La recogida de maletas es como la salida de la guardería de los niños. Los papas de maleta estamos a un lado del mostrador mientras un grupito de malgaches van entrando maletas una a una y entregándola a su dueño que posee un papelito que le han dado en el aeropuerto anterior. Si coincide te la dan, si no, te tienes que pelear para explicarle que es la tuya.
Igual que en la ciudad, los taxistas de acosan para llevarte a cualquier sitio. Hay menos que en la capital y quizás son menos agobiantes, aún así, antes de recoger la maleta ya tienes tu taxista privado.
Es de noche a pesar de ser las 18.50 de la tarde. Estamos en el Trópico de Capricornio y el sol va de otra manera. De echo todo va de otra manera. Por lo pronto, los taxistas tienen varias técnicas para el ahorro de combustible. Los de la ciudad suben de forma normal pero bajan con el motor apagado para ahorrar, y el más rico con el punto muerto y haciendo un juego de pies entre freno y embrague por si tiene que meter marcha rápidamente. En la zona rural es quizás más increíble, y el taxista pone gasolina a medida que hace kilometros. Eso quiere decir que llega al aeropuerto seco y si le pides ir a la ciudad, va a la gasolinera, hace unas cuentas con la mano y pone un litro de fuel. Cuando se le acaba pone más y así, ajustando al máximo. Ni tiene el dinero suficiente para llenar el depósito ni lo va a tener en muchos días. Nos han comentado que hace poco el litro de gasolina iba a 7 euros y durante unos meses no circuló ni un solo auto por la ciudad. Ayer, a Toni y a mi un taxista nos dejó tirados en una cuesta porque iba tan justo de gasolina que al inclinarse el coche no le llego la suficiente al motor. Cuando le vimos sacar la botellita de agua rellena de gasolina le dijimos que nos cobrase, que ya íbamos andando.
Así que vamos con nuestro taxi rural con la gasolina justa hacia el Hotel Refuge de Tulear. Allí supuestamente Leire Aguirre nos está esperando. Formaba parte de la expedición de Toni y se separó del grupo justo antes de que les detuvieran durante 8 horas. Ella no sabe nada de lo que les pasó a sus compañeros. Toni le comentó que yo venía y que me iba a buscar a la capital, si en 3 días no habíamos bajado que decidiera por su cuenta. Pero hemos llegado el día 2 en sus planes y Leire está en el Hotel justo cuando llegamos. Se alegra de vernos y poder hablar castellano con nosotros. Al igual que yo ha emprendido esta aventura sin saber nada de francés y al estar sola ya varios días está un poco saturada de gesticular con las manos.
Nos explica todo lo que ha hecho mientras esperamos en el restaurante del Hotel a que nos sirvan algo de cena. Mientras habla va apretando con sus dedos de escaladora el botoncito de su cámara de fotos mientras yo me doy cuenta de que eso es lo que quiero ver. Naturaleza, animales, playas desiertas y sobretodo baobabs. Nos cuenta que le costó 3 días en taxi-bus llegar a su destino y que fue realmente duro. Nos explica que se pararon en la carretera más de una hora por algo que no entendió qué era. Luego nos damos cuenta que eran los ataques que hubo en la carretera y que acabaron con varias vidas de malgaches y el atraco a varios turistas.
Leire ha podido comer pescado recién capturado en la playa, langosta recién sacada del mar y paseado por bosques de baobabs, así que le decimos que mañana nos lleve.
Estamos en la habitación que nos han dado a Toni y a mi cuando me acuerdo que Leire, además de ser una de las mejores escaladores del mundo y haber sido la mejor en España durante mucho tiempo, es masajista, así que le insinúo que mientras discutimos la ruta de mañana y Toni examina el mapa con un amigo africano que hemos hecho me haga un masaje en la pierna para recuperar lo poco que me queda de dolor y la espalda. Suena Sigur Ros de fondo en mi Ipod mientras oigo a Toni discutir con el negrito los precios de los 4×4 para mañana. Yo me relajo, me relajo, me relajo….

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Madagascar #03 (empieza la búsqueda)

Son las 20:54 de la noche. Acabo de cenar. La crema de calabaza con papaya y zanahorias era riquísima, y el pescado, un tipo que nunca había probado suave y fino.

Estoy viendo la cama desde esta mesita que tengo en la habitación, que me hace de despacho improvisado y ya sueño con dormir. Realmente, a las 12 de la mañana he empezado a notar el cansancio y el resto del día ha sido una pequeña odisea cargando los 14 kilos de material.
La mañana ha empezado con optimismo. Toni ayer contactó con la exministra de cultura que le confirmó con una seguridad rotunda que había visto el libro en un par de librerías y le dio la dirección. A su vez, el propietario del hotel donde estamos le ha dado una lista con algunas tiendas más. Lo bueno y malo de esta ciudad, la capital de un país, es que no le puedes pedir mucho. No puedo imaginar a alguno de nosotros diciendo de memoria todas las librerias y bibliotecas de Barcelona. Pero en Tana, como le llaman los de aquí a su capital, todo se cuenta con una mano. Así que hemos empezado subiendo a un taxi-bus para buscar en todas las tiendas posibles. Aquí hay dos tipos de vehículos, el taxi de toda la vida, que en su mayoría son Citroën 2CV y el taxi-bus, que suele ser una furgoneta de 9 plazas pero en la que caben hasta 25 personas. Así que nosotros hemos subido a uno de estos. He contado y éramos los pasajeros número 11 y me parecía que estaba intimidando demasiado con mi señora vecina, el pie del abuelo de atrás y el padre con su hijo en brazos, pero en la siguiente parada han subido 6 personas más hasta sumar 17. Salir ha sido lo más divertido, creo que habré partido unas cuantas mandíbulas con la mochila de las cámaras. Nos hemos bajado cerca de la primera librería de la lista. El lugar, curioso, y el más bonito de todos los que hemos visitado. Un señor simpático ha cogido nuestro ejemplar en francés y nos ha mirado. Ha dado una vuelta por su tiendecita y nos ha confirmado que no lo tenía, pero que lo conoce. Así que nos ha recomendado algunas librerías más, que se repetían a las de la lista que ya teníamos.

La segunda librería ha sido una falsa alarma. Hemos entrado, sin querer en el hall de un centro religioso y estaban registrando a todos los varones que ahí hacían cola. Yo me he visto lapidado por entrar con la cámara, pero creo que he salido tan rápido que ni Mahoma se ha dado cuenta.
La mañana ha seguido así, con un misterioso “no, no lo tenemos, pero lo he visto”. Ya en la Avenida de la Liberación se ha hecho la hora de comer y las tiendas han cerrado, así que aún siendo las 12 de la mañana el hambre me ha pedido un plato de arroz con pollo al curry y una buena crepe de algo que desconocía.
Las tiendas abren a las 14, y aún falta media hora. Toni y yo nos sentamos en un boulevard donde hay una de las librerías recomendadas por la señora ministra. Alrededor nuestro no exagero si digo que 200 indigentes están haciendo de todo y nada. Al principio siento tal inseguridad que dejo las cámaras en la mochila y me siento al lado de Toni, como un niño que busca a su padre.
Cada minuto, cada segundo pasa algo a mi alrededor, digno de cualquier imagen perfecta pero sacar ahí la cámara de fotos es jugar a ser reportero de guerra.
Abren la librería y entramos a por nuestro libro con la seguridad de que lo tendrán. Montones de libros infantiles nos dan esa esperanza, que se rompe cuando la monja que hace de vendedora le dice al señor cura que hace de responsable si conoce la historia de un ateo pequeño príncipe. La librería no es ni más ni menos que una tienda especializada en libros religiosos, así que nos damos cuenta que estamos en el lugar equivocado. Aún así, Toni insiste y la monjita nos dice que nos puede dar la dirección del editor, que lo conoce. En el papelito con la información del libro que tiene Toni aparecía el nombre y resulta estar en la ciudad.
Casi con el convencimiento de que lo vamos a encontrar allí, salimos contentos, con el mapa-resumen en la mano. A tan solo 50 metros de allí otra librería está a punto de abrir. Decidimos nuevamente sentarnos a esperar. No nos quedan muchos recursos “oficiales” para encontrarlo. Si no está en las librerías habrá que intentar encontrarlo en una escuela, biblioteca… y tratar de cambiarlo por algo o por nuestro ejemplar en francés o catalán.
Frente a nosotros, mientras esperamos que la “Librería de Madagascar” abra veo una escena de esas que solo se dan en África o en los cuadros de Dalí. Un grupito de chicas jóvenes vendedoras se están despiojando. Sí, ese proceso por el cual uno se tumba y el otro pone una cara de esfuerzo juntando los dientes de arriba y abajo y haciendo una falsa sonrisa mientras con las uñas empieza a perseguir bichitos. Cuando me empiezo a plantear la parte higiénica o no del proceso, me doy cuenta de que una de ellas vende zanahorias crudas y peladas, y la otra ni más ni menos que cepillos de dientes sin envolver. No soy capaz ni de poner cara de extrañado y pienso que en esa librería, cuando abra como mínimo se tiene que aparecer la boa comiendo al elefante, pero no es así. El vendedor nos dice que conoce el libro, pero no lo tiene. Qué raro.


Decidimos caminar hasta la Biblioteca Central del país antes de pasar por el editor. Toni quiere enseñarme la parte más pobre de la capital y me invita a guardar cámaras y demás. La escena es impresionante. Decenas de puestecitos de los más variopintos mezclan el más absoluto caos con la rigurosidad más austríaca. Vendedores de tornillos, sucios y oxidados pero alineados y ordenados por tamaña se mezclan con unseñor vendedor de antenas que se ha hecho una gorra con una antena parabólica de verdad en la cabeza. Gente pobre vende a otra gente pobre en una ciudad sin ley, con una policía que camina sin armas, sin porras, sin walkie talkies y en solitario, eso sí, con guantes blancos.
Me parece imposible que alguien puede llegar a vivir vendiendo tuercas o trozos de chapa, pero mi asombro absoluto es cuando veo a un tipo con una rueda de tractor como único stock de su tienda en la que la rueda hace a la vez de silla, mostrador y producto de venta. Si la consigue colocar hoy, llevará comida a casa, si no, volverá rodando y lo intentará mañana.
La biblioteca está al lado del hotel Hilton, un hotel que por el nombre nos da la idea de un lujo que no aparece por ningún sitio. El estado exterior del hotel no debe ser mucho mejor que el Hostal de turno de la calle Tallers de Barcelona.
La Biblioteca nacional parece un enorme edificio, que nos hace pensar que alberga nuestro tesoro. El señor de la puerta nos indica que la biblioteca está en la tercera planta, en el despacho de la izquierda. De repente, las esperanzas se reducen espacialmente de forma sustancial.

El bibliotecario es alto, moreno como todos ellos y cojo. Mira nuestro ejemplar con cariño, con la gracia de alguien que sabe saborear los libros, que diferencia sus tapas, el papel satinado del offset barato. Pero no sabe si lo tiene. Nos indica que busquemos la ficha en uno de los cientos de cajoncitos que aparecen detrás nuestro. Nos dice que lo busquemos en la P de petit, en la S de Saint y en la E de Exupéry.
Toni me mira con cara de imposibilidad y empieza con sus gestiones mientras yo desenfundo la cámara y me pongo a grabar su momento de bibliotecario. En cada cajón aparecen cientos de fichas de las clásicas, de las de toda la vida, de mis tiempos de EGB, esas rectangulares con una línea roja arriba y unas cuantas azules debajo. Todas esas fichas debían contener la información de cientos de miles de libros que debían estar guardados en algún otro lugar.
Cuando Toni se da casi por vencido abandono el trabajo visual y me tiro a uno de esos cajones a buscar. El azar, el tiempo y la poca inteligencia humana ha hecho que el paso de tantas manos por las fichas, haya borrado parte de la información, sobretodo los apellidos de los autores, de manera que la búsqueda se hace cada vez más difícil. No olvidemos que no buscamos “El pequeño príncipe” sino “Ilay Andriandahy Kely”, así que cada 30 segundos tienes que releer el título del libro porqu etodo te parece igual.
De repente, otra vez aparece Indiana Jones en mi y veo el apellido de nuestro escritor, pero no coincide con el título de la obra. Allí tienen todas sus otras publicaciones “El aviador”, “Correo del Sur”… y hasta pasadas unas cuantas fichas no aparece la palabra “Prince” seguida de un interrogante.
Toni y yo creemos que inmediatamente va a aparecer e libro, pero lo único que sucede es que el señor nos trae un fantástico formulario que rellenar y nos pide pasaportes. Su ayudante desaparece con el formulario, debidamente rellenado por Toni durante 10 minutos.
Una vez ha pasado a ser un “consultor oficial de la biblioteca nacional” le dejan pasar a una de las mesas de investigación mientras yo me asomo a la ventana a hacer una foto al “Conservatorio Nacional de Música y Danza” que tiene un aspecto más que terrible. Es cuando aparece el jefe de seguridad del edificio y me dice que no puedo sacar fotos de los libros. Le intento explicar en mi francés de Cuenca que no he hecho fotos de los libros y me voy.
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Podría quedarme un rato más en la biblioteca contando todo lo que me ha pasado en la planta 1 y en la 3 mientras esperaba que a Toni le dijeran que el libro ha desaparecido, pero me lo saltaré y os invito a que me acompañéis a la puerta de la editora.
“Ding Dong”, suena el timbre de un aparente chalet de alguien importante. Aparece la secretaria del editor y nos invita a pasar. Le explicamos con cara de pena y de que es nuestra última esperanza de la capital que buscamos un libro que han publicado ellos. La señora lo conoce, recuerda el año de publicación, 1997 y nos dice que no quedan ejemplares en todo el país. Le volvemos a explicar que hemos venido solo para eso, entonces nos sonríe y nos dicen que cree que su superior guardó 3 como siempre hace pero los tiene en su despacho. Nos invita a volver mañana a hablar con él y poner un precio. Nosotros decimos que pagaremos lo que sea y ella sonríe diciendo que casi seguro podremos volver contentos a casa.
Toni y yo hemos salido de ahí felices pero con ciertas dudas. Realmente este pueblo es muy optimista y todo el mundo dice que existe algo que no han visto aunque digan que sí.
Después de un paseo por el atardecer de la ciudad para conectarnos un momento a Internet nos volvemos al hotel y nos sentamos durante media hora en el sofá. Creo que tenía 10 años la última vez que lo hice: tumbarme en un sofá con los pies sobre una mesa.
Eso, el pescado, y la pastilla para la malaria que me está agujereando el estómago me dicen que quizás me meta ya en la cama. Mañana será un día largo.

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Madagascar #02: Antananarivo, primeras impresiones

Ya estoy en la habitación del hotel, por llamarlo de alguna manera. Es un sitio encantador, tranquilo, en el que te sientes realmente en otro lugar, aún por definir. Solo hace una hora que he llegado aquí al centro. Lo primero que he hecho ha sido ducharme, con la boca cerrada e intentando no cantar para que ni una sola gota de agua entrase en mi garganta.

Tengo el cuerpo destrozado y no sé si es hora de comer o de cenar, y no es por el Jet Lag, aquí no existe eso, solo nos diferencia una hora con Catalunya. La historia es que pasé 3 horas en el aeropuerto de Girona, 13 en el de Paris, 10 en el avión, y hoy Toni ha llegado 3 horas después de que yo llegara al aeropuerto, eso sin tener yo la certeza de que fuera a venir.
Hoy he despertado a las 5.30, con un pequeño rayo de luz dando en mi cara. Mi compañera de viaje, Anette, me ha hecho un gesto muy alemán de que quería salir a ver el sol de África. Yo no he dudado un solo segundo en sacar la cámara de la bolsa e intentar inmortalizar el momento, aunque sea a través del cristal de la ventanilla. No sé que tendrá ese sol, no sé que tendrá África, pero solo con ese rayito de luz asomando en el horizonte de Mozambique he tenido la sensación de que Indiana Jones estaba por alguna parte, o Robert Redford cruzaría en avioneta. No ha pasado nada de eso, pero por suerte los azafatos me han traído el desayuno y me he conformado.
La bienvenida ha sido un poco dura. Tras una cola de algo más de una horita para que me sellaran el pasaporte, me dicen que primero tengo que pasar por otra ventanita a pagar 13 euros del visado. Tu pasaporte pasa por varias manos, y al final, la femenina es la que estampa el OK en todo sin decir nada ni responder a mi intento de “Bon Jour”.

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Al fondo veo a todos los turistas franceses y alemanes enseñando sus maletas a la Policia y ya imagino el cuestionario infinito al porqué de una cámara de fotos 4 ópticas, 2 cámaras de vídeo, trípode, Ipod, minialtavoces de Ipod, el ordenador… pero no, ha surgido eso que tan poco me gusta: “la magia del fútbol”. Ha sido enseñarle el pasaporte al Poli y decirme: “España, Barcelona!” Y nada, “bon vouyage”.
En cuanto cruzas la puerta del aeropuerto, unos 200 taxistas esperan tu llegada. Se te echan encima mostrando orgullosos su licencia de taxistas falsificada. Yo intento explicar que “monamí” me espera, pero no les es suficiente: “como se llama monamí”, “cómo vamos a ir monamí y yo a la ciudad”… así que me pongo las gafas de sol para que no se me vea la cara de:
1. pardillo perdido en un país que desconoce
2. no tengo ni puñetera idea de francés
3. no he dormido demasiado en las últimas 36 horas
4. estoy buscando a monamí.

Encuentro la manera de evitar todos los acosos. Me siento en la sala de espera de los aviones de salida de manera que crean que me voy a ir a Francia de nuevo.
Toni ha llegado unas horas más tarde, pero ha llegado. Me explica la razón de su retraso. Hace 3 días le tuvieron 8 horas detenido en una comisaría, ayer fueron elecciones, hace dos días mataron a un grupo de gente donde él estaba y le ha costado llegar hasta el aeropuerto 1 día y medio.
Ahora vamos a comer algo por la ciudad y mañana partimos hacia el sur, a Tulear. Ya hemos comprado los billetes de avión. La ciudad no ofrece muchos encantos, aunque seguramente sea nuestra mejor opción para encontrar lo que hemos venido buscando.

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Madagascar #01 (Paris)

Estoy en Paris, sentado en un café de aeropuerto, viendo pasar las horas, el tiempo, la gente.

Y me estoy preparando mentalmente para el viaje. La semana pasada leí un dicho africano a los europeos que me hizo pensar: “Vosotros tenéis los relojes, nosotros el tiempo”, seguramente es cierto. Vivimos condicionados por las horas, por los relojes, por los minutos. Tenemos todo cuantificado. Y ahora estoy releyendo el “Petit Príncep” edición catalana y habla de eso, de los estúpidos que somos los adultos, que tenemos que cuantificar todo con números, cifras, precios. Las casas no son bonitas, ni rojas, ni con suelo de “rajola” típica del Perelló; necesitamos decir que alguien se ha comprado un chalet de 300.000€ o que un amigo paga solo 1100€ de alquiler en Gracia.
Ya os he dado dos pistas de porqué estoy aquí, voy a África, a la África más remota en busca de un libro, en busca de una edición especial del “Principito” en Malgache, la lengua de Madagascar.

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Para los que os interese, os contaré la historia desde el principio.
Hace 3 semanas Toni Arbonés, mi gran amigo escalador y montañero, estaba con dudas. Le habían propuesto participar junto a los mejores escaladores del planeta en un documental en la cuarta isla más grande del mundo. Pero Toni, que ha sido el liberador de puñados de vías en todo el globo; que ha equipado decenas de vías en montañas de toda Catalunya; que se ha enfrentado a 14 días encerrado en una tienda de campaña a 5000 metros de altura, no tenía suficiente motivación para el reto que se le presentaba. Él no me lo ha dicho, pero creo que debe ser la crisis de los 40. Y ahí estaba yo, también con mis miedos, mis frustraciones personales y pasando unos días en busca de un proyecto que me motivara personalmente.
Así que Toni dijo la frase sin aparente sentido: “Si voy a Madagascar y traigo el Principito en Malgache, mi hermano me paga el viaje”.
“¿Cómo?”. “Si, mi hermano es el mayor coleccionista del libro de Saint-Exupéry en el mundo, lo tiene en casi todos los idiomas que se conocen publicaciones. Solo le falta la de Madagascar”.
Creo que no pasaron más de 3 horas, comprobé que no tenía ningún compromiso, ningún rodaje, ningún concierto y compré los dos billetes.
Toni y yo nos íbamos a Madagascar en busca del libro, y lo que era más importante, a mi amigo se le dibujó una pequeña sonrisa que hacía días no le veía. Quizás le hacía más ilusión esta hazaña, este proyecto, este reto, que subir la montaña más alta del mundo.
Así que esta es la historia, y aquí estoy yo, solo en el aeropuerto de Paris Orly. Toni hace ya unos 15 días que se fue a hacer el documental con la expedición francesa y han conseguido lo que se habían propuesto y han rodado un documental. Yo, si todo va bien, me encontraré con él mañana a las 7 de la mañana en el aeropuerto de Antananarivo.
Ahora solo me queda esperar, sentado, viendo pasar puñados de africanos parisinos, mujeres tapadas de arriba a abajo, familias enteras despidiendo al abuelo que vuelve a Marruecos, y es que este aeropuerto tiene todas las conexiones posibles con África.
Ahora solo me falta esperar, y desear que Toni esté allí, esperándome, si no, quizás tenga dos objetivos: buscar el libro y a mi amigo.