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Madagascar #02: Antananarivo, primeras impresiones

Ya estoy en la habitación del hotel, por llamarlo de alguna manera. Es un sitio encantador, tranquilo, en el que te sientes realmente en otro lugar, aún por definir. Solo hace una hora que he llegado aquí al centro. Lo primero que he hecho ha sido ducharme, con la boca cerrada e intentando no cantar para que ni una sola gota de agua entrase en mi garganta.

Tengo el cuerpo destrozado y no sé si es hora de comer o de cenar, y no es por el Jet Lag, aquí no existe eso, solo nos diferencia una hora con Catalunya. La historia es que pasé 3 horas en el aeropuerto de Girona, 13 en el de Paris, 10 en el avión, y hoy Toni ha llegado 3 horas después de que yo llegara al aeropuerto, eso sin tener yo la certeza de que fuera a venir.
Hoy he despertado a las 5.30, con un pequeño rayo de luz dando en mi cara. Mi compañera de viaje, Anette, me ha hecho un gesto muy alemán de que quería salir a ver el sol de África. Yo no he dudado un solo segundo en sacar la cámara de la bolsa e intentar inmortalizar el momento, aunque sea a través del cristal de la ventanilla. No sé que tendrá ese sol, no sé que tendrá África, pero solo con ese rayito de luz asomando en el horizonte de Mozambique he tenido la sensación de que Indiana Jones estaba por alguna parte, o Robert Redford cruzaría en avioneta. No ha pasado nada de eso, pero por suerte los azafatos me han traído el desayuno y me he conformado.
La bienvenida ha sido un poco dura. Tras una cola de algo más de una horita para que me sellaran el pasaporte, me dicen que primero tengo que pasar por otra ventanita a pagar 13 euros del visado. Tu pasaporte pasa por varias manos, y al final, la femenina es la que estampa el OK en todo sin decir nada ni responder a mi intento de “Bon Jour”.

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Al fondo veo a todos los turistas franceses y alemanes enseñando sus maletas a la Policia y ya imagino el cuestionario infinito al porqué de una cámara de fotos 4 ópticas, 2 cámaras de vídeo, trípode, Ipod, minialtavoces de Ipod, el ordenador… pero no, ha surgido eso que tan poco me gusta: “la magia del fútbol”. Ha sido enseñarle el pasaporte al Poli y decirme: “España, Barcelona!” Y nada, “bon vouyage”.
En cuanto cruzas la puerta del aeropuerto, unos 200 taxistas esperan tu llegada. Se te echan encima mostrando orgullosos su licencia de taxistas falsificada. Yo intento explicar que “monamí” me espera, pero no les es suficiente: “como se llama monamí”, “cómo vamos a ir monamí y yo a la ciudad”… así que me pongo las gafas de sol para que no se me vea la cara de:
1. pardillo perdido en un país que desconoce
2. no tengo ni puñetera idea de francés
3. no he dormido demasiado en las últimas 36 horas
4. estoy buscando a monamí.

Encuentro la manera de evitar todos los acosos. Me siento en la sala de espera de los aviones de salida de manera que crean que me voy a ir a Francia de nuevo.
Toni ha llegado unas horas más tarde, pero ha llegado. Me explica la razón de su retraso. Hace 3 días le tuvieron 8 horas detenido en una comisaría, ayer fueron elecciones, hace dos días mataron a un grupo de gente donde él estaba y le ha costado llegar hasta el aeropuerto 1 día y medio.
Ahora vamos a comer algo por la ciudad y mañana partimos hacia el sur, a Tulear. Ya hemos comprado los billetes de avión. La ciudad no ofrece muchos encantos, aunque seguramente sea nuestra mejor opción para encontrar lo que hemos venido buscando.

Madagascar #01 (Paris)

Estoy en Paris, sentado en un café de aeropuerto, viendo pasar las horas, el tiempo, la gente.

Y me estoy preparando mentalmente para el viaje. La semana pasada leí un dicho africano a los europeos que me hizo pensar: “Vosotros tenéis los relojes, nosotros el tiempo”, seguramente es cierto. Vivimos condicionados por las horas, por los relojes, por los minutos. Tenemos todo cuantificado. Y ahora estoy releyendo el “Petit Príncep” edición catalana y habla de eso, de los estúpidos que somos los adultos, que tenemos que cuantificar todo con números, cifras, precios. Las casas no son bonitas, ni rojas, ni con suelo de “rajola” típica del Perelló; necesitamos decir que alguien se ha comprado un chalet de 300.000€ o que un amigo paga solo 1100€ de alquiler en Gracia.
Ya os he dado dos pistas de porqué estoy aquí, voy a África, a la África más remota en busca de un libro, en busca de una edición especial del “Principito” en Malgache, la lengua de Madagascar.

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Para los que os interese, os contaré la historia desde el principio.
Hace 3 semanas Toni Arbonés, mi gran amigo escalador y montañero, estaba con dudas. Le habían propuesto participar junto a los mejores escaladores del planeta en un documental en la cuarta isla más grande del mundo. Pero Toni, que ha sido el liberador de puñados de vías en todo el globo; que ha equipado decenas de vías en montañas de toda Catalunya; que se ha enfrentado a 14 días encerrado en una tienda de campaña a 5000 metros de altura, no tenía suficiente motivación para el reto que se le presentaba. Él no me lo ha dicho, pero creo que debe ser la crisis de los 40. Y ahí estaba yo, también con mis miedos, mis frustraciones personales y pasando unos días en busca de un proyecto que me motivara personalmente.
Así que Toni dijo la frase sin aparente sentido: “Si voy a Madagascar y traigo el Principito en Malgache, mi hermano me paga el viaje”.
“¿Cómo?”. “Si, mi hermano es el mayor coleccionista del libro de Saint-Exupéry en el mundo, lo tiene en casi todos los idiomas que se conocen publicaciones. Solo le falta la de Madagascar”.
Creo que no pasaron más de 3 horas, comprobé que no tenía ningún compromiso, ningún rodaje, ningún concierto y compré los dos billetes.
Toni y yo nos íbamos a Madagascar en busca del libro, y lo que era más importante, a mi amigo se le dibujó una pequeña sonrisa que hacía días no le veía. Quizás le hacía más ilusión esta hazaña, este proyecto, este reto, que subir la montaña más alta del mundo.
Así que esta es la historia, y aquí estoy yo, solo en el aeropuerto de Paris Orly. Toni hace ya unos 15 días que se fue a hacer el documental con la expedición francesa y han conseguido lo que se habían propuesto y han rodado un documental. Yo, si todo va bien, me encontraré con él mañana a las 7 de la mañana en el aeropuerto de Antananarivo.
Ahora solo me queda esperar, sentado, viendo pasar puñados de africanos parisinos, mujeres tapadas de arriba a abajo, familias enteras despidiendo al abuelo que vuelve a Marruecos, y es que este aeropuerto tiene todas las conexiones posibles con África.
Ahora solo me falta esperar, y desear que Toni esté allí, esperándome, si no, quizás tenga dos objetivos: buscar el libro y a mi amigo.